Arte y caos

A cualquier otra parte

Ayer estaba viendo una película y un niño le preguntaba a una amiga que dónde iba a ir y ella le respondía que donde todo fuera bonito.

Como consecuencia del desánimo típico de un domingo por la tarde y quizá las ganas de volar, me dio por pensar en sitios a los que yo me escaparía y donde todo fuera bonito. Sitios en los que he estado y sitios a los que siempre he soñado ir y que lo solucionarían todo en esa época en la que irías, como aquella canción, a cualquier otra parte.

Me acordé de la primera vez que vi el Coliseo y supe que nuestro amor duraría para siempre.

Mis ganas de dejarme los pies andando por Nueva York y la espalda en la hierba de Central Park mientras me hago amiga de las ardillas.

La playa de San Sebastián.

Las luces del sur.

Lisboa y sus tranvías.

Ámsterdam, sus bicicletas y la casa de Ana Frank.

El muro de Berlín.

Madrid y Malasaña.

El arte de Florencia.

O allí donde solíamos gritar.

Pero resulta que no. Que si pienso en ir donde todo sea bonito, me la sudan todos esos sitios.

¿Sabéis dónde iría?

A perderme en sus lunares porque es donde realmente me encuentro a mí misma.

Al brillo y la tristeza de su mirada.

Un motel de mala muerte.

Al reflejo del fuego de la chimenea en su piel y de las estrellas en sus ojos.

Su pelo revuelto.

Un par de cervezas mientra suena Pink Floyd.

Su espalda.

Una cena en la que el hambre es la excusa y no el motivo.

Su caos y arte.

Su arte y caos.

Y me di cuenta de que, a cualquier otra parte, no es a cualquier otra parte.

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