Arte y caos

Estaciones

Me encantan los aeropuertos y estaciones. Llenas de gente que viene, que va, sola, acompañada, en busca de alguien que les está esperando, huyendo de algo, con una maleta a punto de reventar o toda una vida metida en una mochila.

 Me gusta imaginar las historias de la gente mientras espero mi turno.

Por ejemplo, la del chico de la chupa de cuero que espera impaciente, mirando unas manecillas del reloj que no se mueven y con un ramo de flores en la mano. Seguro que espera que su novia se baje del bus. No, mejor aún, espera a su novio, que vive lejos y ha decidido venir a hacerle una visita y adora las margaritas.

La pareja de ancianos que esperan a su hijo y su familia.

También está la chica de la mochila. Con una mezcla de tristeza e ilusión en la mirada. Ella huye de un futuro negro en busca de uno amarillo, con lo imprescindible que le ata a una vida pasada en esa diminuta mochila, el miedo a irse y las ganas de que le vaya bien allá donde vaya.

El pelirrojo de la maleta enorme y la sonrisa gigante. Él vuelve a casa.

Una niña rubia y vivaracha que llena de alegría la estación a pesar del frío. A ella eso le da igual. Está esperando ver a su padre al que hace mucho tiempo, demasiado, que no ve. Por eso ha ido llena de juguetes, para jugar con él antes de que el tiempo les diga que ya no pueden, que tienen que volver a la estación, a decirse adiós.

La chica de las ganas en la mirada. Ella se va en busca de las mejores vacaciones de su vida.

Y yo.

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